Desde Beyoğlu, mi estancia en la metrópolis turca.

Los que me seguís en redes sociales sabéis que mientras escribo esto, estoy en Irán, y que he tenido el privilegio de hacer la ruta iraní con mi hija, también Marta y también motera; con una madre como yo ¡qué remedio le queda! Le cederé la pluma para que os cuente la fabulosa ruta que hemos compartido en este sorprendente país.

Hasta que llegue ese momento, retomo el relato donde lo dejé, en Estambul. Finalmente pasé diez días, el calendario de mi estancia lo marcó el dichoso visado para Irán ¡armaros de paciencia si algún día necesitáis solicitarlo desde Turquía!

Estambul

No cuento nada nuevo si os digo que Estambul es una ciudad extraordinaria. Estoy casi segura de que todos los que me estáis leyendo la habéis visitado en alguna ocasión, y seguro que no os ha decepcionado; una ciudad tan poliédrica ofrece tantas versiones de sí misma como cada visitante quiera configurar.

La urbe turca es infinita, ni tan siquiera la limita el agua que se te aparece por todas partes y que, recién llegada, te cuesta de identificar ¿será el Bósforo, el Cuerno de Oro o el Mármara? Y siempre hay un puente que te lleva más allá, a otro Estambul o, incluso, a otro continente; y es que esta ciudad tiene puesto un pie en Asia y otro en Europa.

Puente de Gálata, sobre el Cuerno de Oro y puente Fatih Sultan Mehmet, sobre el Bósforo

También es infinito el bullicio, y el caos, y el ir y venir de todo: de coches, de transbordadores que te llevan de oriente a occidente como quien va a la Puerta del Sol, de gente cruzando puentes, de gatos, de vendedores ambulantes, de llamadas a la oración, de turistas de cualquier procedencia, de tranvías… Hay un runrún bien afinado a modo de bajo continuo las veinticuatro horas del día que acabas por no percibir. Claro que ¡no puede ser de otro modo! si tenemos en cuenta que en Estambul viven más de 15 de las 82 millones de almas que hay en Turquía, y que sus visitantes se cuentan en no menos de 14 millones al año ¡vaya trajín!

Estambul no es la capital de la Turquía moderna, pero sí fue la capital de tres grandes imperios -Bizantino, Romano y Otomano- hasta que Mustafa Kemal, Atatürk (el padre de la patria, traducido literalmente), omnipresente en toda la ciudad y en todo el país, estableció la República en 1923 y se llevó la capital a Ankara, no solo por una cuestión estratégica, sino también en su afán de eliminar en Turquía las huellas árabes y persas del Imperio Otomano.

Fue poco después, en 1930, que Constantinopla -anteriormente Bizancio– empezó a llamarse oficialmente Istanbul.

Columna de Constantino, romana. Santa Sofía, bizantina. Cúpula de la Mezquita Azul, otomana.

Testimonio del paso de esos tres imperios es el extraordinario y anárquico legado arquitectónico que te encuentras a cada paso ¡inacabable! Mezquitas, palacios, Iglesias y bazares configuran el paisaje más reconocible de una metrópolis en la que los afilados minaretes compiten con la altura de los flamantes edificios de la nueva Estambul. Y es de cortar la respiración, el paisaje, cuando lo admiras desde las alturas, cosa que no es nada difícil en esta ciudad construida sobre siete colinas.

Una estancia accidentada, pero que acaba bién

Como preveía una estancia larga, decidí instalarme en un apartamento para cosas tan prosaicas como poner lavadoras o cocinar en casa, vamos, para tener un poco de calor de hogar después de mes y medio de hotel y carretera. Ya os anticipo que me salió el tiro por la culata.

Encontré en Booking un apartamento la mar de coqueto en el distrito de Beyoğlu ¡lo más! Os hablo del barrio un poco más adelante, ahora me centro en el apartamento, el Naz 40 ¡nefasto!

El apartamento debió de ser como en las fotos otrora, cuando los sultanes, ahora es destartalado, sucio hasta la nausea y con electrodomésticos fuera de servicio. ¡Adiós a mi sueño hogareño y a la ropa limpia! Como ya había pagado la estancia, decidí resignarme y me repetí el que ya es mi mantra del viaje: la aventura ¡es la aventura!

La llegada ya fue mala. Llegué cansada después de rodar kilómetros y kilómetros por polígonos industriales ¡impresionante la cantidad de industria que rodea la ciudad! Y después de atravesar semejante monstruo de ciudad en hora punta hasta llegar al infame callejón donde estaba mi alojamiento.

Me recibió el encargado, un impresentable, le pregunté por el parquin que había reservado para guardar la moto y ¡no me lo podía creer! ¡era ahí mismo! pegado a la reja de una ventana a pie de calle; ventana que, por cierto, luego descubrí que era la de mi apartamento ¡un semisótano! Dato que, como podréis imaginar, no aparecía en la reserva.

Os ahorro los entresijos, solo os diré que la gota que colmó el vaso fue que una noche, mientras dormía, intentaron forzar la cerradura de mi apartamento ¡vaya susto! Al día siguiente hice mi equipaje, dejé las llaves dentro de la casa y me fui, sin decir nada, a un hotel en el barrio de Sultanahmet ¡gloria bendita!

El Ayasultan Hotel, extraordinario, y el restaurante Amara, en el que cenaba todas las noches, y del que me llevé amigos, me dejó con muy buen sabor de boca en esta segunda etapa de mi estancia estambulí. Además, me permitieron entrar en su cocina para grabar como preparaban las delicias que me zampaba cada noche ¡no les puedo estar más agradecida!

Beyoğlu, mi destino estambulí

Beyoğlu es uno de los 39 distritos que tiene Estambul. Esta zona se asienta sobre una colina de la parte europea de la ciudad y está separada de la península histórica por el Cuerno de Oro, y a su vez unida a esta por el Puente de Gálata.

El puente de Gálata con sus cientos de pescadores, transeúntes arriba y abajo y sus cafeterías al borde del agua

Es el barrio de la plaza de Taksim, la avenida Istikal –la del tranvía rojo que va y viene por la avenida- y de la Torre de Gálata. Pero, sobre todo, es el barrio más cool de Estambul, el del arte, el ocio y la vida nocturna. Vamos ¡que está gentifricado! Así lo describe el National Geografic, y razón no le falta, en parte.

“…y ahora Beyoglu vuelve a estar en plena ebullición. Refugio de artistas, el barrio está repleto de cafés, restaurantes de fusión, anticuarios y galerías de arte. Un paseo por Istiklal despierta al viajero de la nostalgia otomana de Sultanahmet y lo lanza a la nueva realidad que vive la ciudad: …Estambul es una de las metrópolis más efervescentes del planeta y Beyoglu es su corazón.”

Pues parce que no hay discusión ¡Beyoğlu es la Pera! ¡literal!; y es que Pera -“al otro lado” en griego- es como se conocía, hasta principios del XX, a esta parte de la ciudad.

Siempre fue un oasis cosmopolita en la metrópolis. Hasta la proclamación de la república, estaba ocupada por las elites otomanas y por comunidades extranjeras. Toda Europa tenía allí instaladas sus embajadas, convirtiendo la zona en la más occidentalizada del país. Testimonio de ese tiempo es la numerosa arquitectura neoclásica y art nouveau que encuentras en sus calles.

Vendedor de Simit (roscas de pan con sésamo) en Istikal y libreros en Taksim

Ya previamente, en el siglo XIII, comerciantes genoveses se establecieron en esta orilla del Cuerno de Oro para controlar sus transacciones comerciales y comerciantes de diferentes procedencias se fueron instalando en la colonia genovesa en los siglos sucesivos. De ese tiempo nos habla, entre otros, la Torre de Gálata, uno de los monumentos más reconocibles de la ciudad.

La Torre de Gálata coronando el barrio del mismo nombre en el distrito de Beyoglu

Y es un barrio con mucho arte, sobre todo, arte contemporáneo. En Beyoğlu encuentras la mayor oferta de este género que hay en la ciudad; el Museo de Arte Moderno de Turquia, SALT Galata, Galerist o Arter entre muchos otros.

Yo visité el Arter, un despampanante y moderno edificio que contrastaba bastante con su entorno, no tan deslumbrante.

El Arter, fachada y terraza

En su interior, me paseé por diferentes exposiciones, muy chulas, tienen una programación muy extensa y la mar de interesante, y disfruté de las vistas del barrio desde su terraza.

HAY OTRO Beyoğlu, COMO TAMBIÉN HAY OTRO ESTAMBUL

Ya veis que Beyoğlu me lo pateé bien, y son ciertas todas las bondades que lo describen, pero también son ciertas más cosas. Digamos que hay una, o más de una, frontera imaginaria entre la parte más conocida y transitada y el resto del distrito.

Esto, también es Beyoglu

En el pantallazo del Google Maps que os muestro a continuación, se ve con claridad donde se encuentran la mayoría de los hoteles, y no están todos los que son. El Naz 40, mi zulo, está justo en el límite de la zona más popular, a no más de 500 metros de la cosmopolita plaza de Taksim, y ¡ya era otra ciudad!

No es que el resto no sea bonito o interesante, pero, desde luego, es bastante más humilde. Sus habitantes no parecen tener los mismos recursos económicos, ni sus calles el relumbrón de Istikal, aunque tengan de telón de fondo los nuevos edificios financieros que coronan todo el barrio.

No, Estambul no es una ciudad del tercer mundo, no voy a ser catastrofista. De    hecho, es la mayor metrópolis del Mediterráneo, en expansión constante desde los 90, y a gran velocidad desde hace una quincena de años, no hay más que ver el crecimiento urbanístico de la ciudad y de las periferias, tanto del lado europeo como del asiático que ya llegan prácticamente al Mar Negro, y la proliferación infinita de centros comerciales. Pero ¿se han beneficiado de esto todos sus habitantes?

Después de alguna que otra tertulia con algún estambuleño, me queda claro que para Erdogan, esta ciudad ha sido el escaparate de su nueva Turquía. Su lugar de reconstrucción de la referencia otomana de la que algunos se sienten tan orgullosos.

Para promover la ciudad, se ha alimentado el discurso entusiasta de una ciudad con un pasado imperial extraordinario y con un presente y porvenir exuberantes. Con lo que la ciudad que visitan orientales y occidentales está muy lejos de parecerse a la que viven sus habitantes, que no es que sea peor, que a veces sí, sino que es distinta.

Fuera de los enclaves emblemáticos y de los barrios residenciales, que no son pocos, la vulnerabilidad socioeconómica de una parte de la población es evidente. Y también la multiculturalidad de la que presume la ciudad, pero por su otra cara; habría que hablar de kurdos, gitanos y sirios… ¡pero no va a ser hoy!

A ESTAMBUL EN PEREGRINACIÓN

El crecimiento desmesurado no ha afectado solamente a las periferias, la salud y la educación privadas han crecido al mismo ritmo al verse beneficiadas por el dinero público, nos suena ¿no? En lo que a salud concierne, el objetivo es claro, están buscando su hueco en el turismo internacional de salud. Encuentras hospitales impecables, y con equipación medica extraordinaria, en cualquier parte de la ciudad.

Hospital en Beyoglu, su fachada y su parte trasera

Sabemos que Estambul es la meca del injerto capilar, doy fe de ello, te cruzas con injertados por todas partes ¡es increíble!  Y es que Turquía es el país donde peregrinan 400.000 calvos al año en busca de injertos baratos. Desde luego ¡no tienen un pelo de tontos! El gobierno subvenciona los tratamientos médicos que se prestan a extranjeros, de ahí su bajo coste.

¡Todo sea por el fomento del turismo! Vayas por donde vayas, Estambul es un peregrinar constante de gente venida de cualquier lado del planeta. El AKP de Erdogan ha favorecido, y lo ha conseguido, el crecimiento y la diversificación del turismo, no solo el occidental sino también el turismo internacional islámico, su gran apuesta, devolviendo de este modo la centralidad histórica que la ciudad tuvo en otro tiempo.

La Península histórica, de obligada visita

Crucé el Cuerno de Oro casi a diario, unos días porque tenía que ir a la embajada de Irán, que estaba cerca de Sultanahmet, y otras por el placer de perderme en los barrios de la península histórica. Moverse por la ciudad es fácil, hay un execelente transporte público, después de diez días acabé moviéndome ¡como pez en el agua!

El epicentro del Estambul imprescindible es el Hipódromo, y también lo fue durante los tres imperios como lo testimonia toda la arquitectura civil y religiosa que lo rodea; el obelisco que encabeza la plaza es el monumento más antiguo de Estambul. Hoy es un lugar de paseo frecuente, y para la población mususlmana es el lugar de encuentro para sus celebraciones, durante el Ramadán se reúnen en este entorno para romper el ayuno.

Obelisco romano, Fuente Alemana y mañana de circuncisión en la plaza de Sultanahmet

El tándem arquitectónico por excelencia son Santa Sofía y la Mezquita del Sultán Ahmed o Mezquita Azul, sobrenombre debido a los 22.000 azulejos de Iznik que decoran su interior.  Me encontré a las dos en obras, La Mezquita Azul tenía andamios por dentro y por fuera y a penas se podía ver nada ¡qué lástima! Yo ya la había visto hace 20 años y me hubiera gustado volverla a ver.

Mezquita Azul

Lo que sí que visité fue el Mausoleo del Sultán Ahmed, también decorado con azulejos de Iznik, caligrafías y vidrieras que proporcionan una luz muy cálida, es un lugar precioso. Además de su familia, en el mausoleo también están otros miembros de su dinastía.

Mausoleo del Sultán Ahmed

Santa Sofía, aunque también en restauración, tenía más partes visibles. Es el prototipo ideal de la arquitectura bizantina, su cúpula ¡imponente! Fue basílica, mezquita con los otomanos y desde la república es museo, aunque no sé por cuanto tiempo… Ya que Erdogan ha anunciado la posibilidad de reconvertirla nuevamente en mezquita ¡qué locura!

Exterior e interior de Santa Sofía

Disfruté de todas las mezquitas que visité, que no fueron pocas. Son lugares muy tranquilos en los que recuperar la calma en esa ciudad tan agitada. Se puede entrar en todas -salvo a la hora del rezo- siempre y cuando te cubras la cabeza; y siempre hay alguien que te va a querer contar los pormenores del templo.

Me llamó la atención que, muchas de ellas, forman parte de un complejo mayor, con estructuras adyacentes que sirven tanto a las necesidades religiosas, como a las culturales y sociales. A parte de la mezquita solían tener madrasas, escuelas, biblioteca, hospital, caravanserai, hammam e imaret, que es un comedor de beneficencia. Es el caso de la Mezquita Atik Alí Pasha.

Interior Mezquita Atik Alí Pasha

No visitar ninguna de Mimar Sinan -el arquitecto más prolífico de la Estambul otomana- es prácticamente imposible. Pasé una mañana en la Mezquita de Suleymaniye, una joya, situada en lo alto de una colina y frente al Cuerno de Oro, lo que la hace más imponente cuando la miras desde abajo. Esta mezquita también formaba parte de un complejo.

Exterior e interior de la Mezquita de Suleymaniye

Son también muy interesantes las mezquitas barrocas del periodo otomano, como la de Nuruosmaniye, que fue la primera construida en este estilo.

Interior de la Mezquita de Nurosmaniye

Por monumentales que sean los templos que os he mencionado, se han quedado en nada al lado de la recientemente inaugurada Mezquita de Çamlica, el colofón espiritual a los megaproyectos de Recep Tayyip Erdogan, la más grande no solo de Estambul, sino también de Turquía; lo propio de un sultán de siglo XXI.

En lo alto de la colina, la Mezquita de Çamlica

No os cuento nada del Palacio de Topkapi por que no lo visité, justo cerraban por descanso el día que fui ¡eso me pasa por andar improvisando! Como era temprano y ya estaba en la calle me fui al Gran Bazar al que, tengo que reconocer, me daba un poco de pereza ir.

No estuve mucho tiempo, salí huyendo cuando el nivel de visitantes empezaba a no dejarme ver el final de los múltiples pasillos que conforman este otomano conglomerado comercial. Me gustó, sobre todo, visitar las calles de joyeros y anticuarios que son los que más frecuentan los clientes locales, que ya son pocos.

De vuelta hacia mi hotel, aproveché para para reservar hora para el día siguiente en un hammam, el de Cağaloğlu, el último baño público construido durante el periodo otomano. Aunque solo sea por admirar la belleza de su arquitectura, mármoles, fuentes y tragaluces estrellados, merece la pena la visita a cualquiera de los hammam históricos de Estambul; aparte, claro está, del buen cuerpo con el que vuelves al hotel.

EL BÓSFORO

Rodeada de tanta agua, sucumbí un día a la tentación de subirme a un barco para recorrer la arteria que separa oriente de occidente, el Estrecho del Bósforo. El paseo te aleja del mar de Mármara y te acerca al mar Negro, sin llegar a él.

La ciudad desde el agua sigue siendo un espectáculo, en ambas orillas se siguen apiñando casas, mezquitas y palacios; la travesía me permitió ver algunos monumentos que, desde tierra firme, todavía no había podido ver.

Murallas de Constantinopla, Dolmabahçe Palace y Torre de Leandro

Y preciosos Yalis, a ambas orillas del Bósforo, que son villas otomanas de madera que fueron, para sultanes y visires, residencias de verano. Y aún lo siguen siendo para algunos afortunados.

LOS CEMENTERIOS Y LOS GATOS DE ESTAMBUL

Donde más he disfrutado es paseando las calles secundarias, aún cuando he visitado los lugares más reconocibles siempre he encontrado un callejón en el que perderme para fisgonear. Y si hay algo que siempre te sale al encuentro, vayas por donde vayas, son gatos y cementerios.

No hay que buscar mucho para encontrar cementerios, están dispersos por cualquier barrio y los hay de todos los tamaños. Vistos desde fuera parecen jardines y siempre hay alguien paseando en su interior; además, es muy probable encontrarte una tetería en la que poder tomarte un descanso, además de un té, y abstraerte del bullicio de las calles que lo circundan, ¡son un remanso de paz!

Y gatos ¡a cientos! son parte de la ciudadanía. Da gusto verlos tan cuidados, vagando libremente por las calles. Ya, ya lo sé, hablar de los gatos de Estambul es muy recurrente… Como dice J.J. Baños en el imperdible blog sobre Turquía que publica en La Vanguardia:

El primer mandamiento de un corresponsal en Estambul es no escribir sobre gatos. Están en todas partes y en todas son mimados, cuando no adulados. No hay enviado a la metrópolis turca que no termine escribiendo su artículo perplejo ante tamaña devoción gatuna.

Como yo no soy corresponsal, no me doy por aludida y, por lo menos ¡lo tenía que mentar! Y es que yo -lo digo con morriña- tengo dos mininos en Madrid, Cali y Mochi, y me cuesta no verlos en todos y cada uno de los cientos de gatos que me han acompañado en mi estancia estambuleña.

DE COMIDA, YA ¡NI HABLAMOS!

Y eso voy a hacer ¡no decir ni mu! Os dejo alguna de las muchas imágenes que me llevé, y sacáis vosotros mismos las conclusiones. Solo os digo que, en Estambul, puedes estar todo el día en la calle sin sentarte a una mesa, y volver al hotel habiendo desayunado, comido y cenado.

Hasta aquí llega mi visita a la metrópolis turca, ciudad bisagra de tantas cosas, infinita en todo y absolutamente inabordable en tan pocos días ¡Con cuántas incógnitas me he quedado!

 

Bonus track felino, por si os quedan ganas. El tráiler de Kedi: Gatos de Estambul, un precioso documental que narra la historia de unos cuantos gatos callejeros estambulíes, y de los humanos que los cuidan y conviven con ellos… ¡imperdible!

 

¡Y no olvides echar gasolina para mis kilómetros solidarios!

¡DONA! LO DEMÁS VIENE RODADO…

¡Hola!

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Soy Marta Insausti: LA MOTERA. Mujer, 55 años, madre de 2 hijos, la séptima de ocho hermanos, madrileña, peleona, aventurera y empresaria.

Mostrando los 8 comentarios
  • Cristina
    Responder

    Hola Marta, alucinadita estoy, además del valor y del coraje inmensos que te atribuyo al afrontar esta titánica aventura puedo confesar que admiro también tu forma de comunicar, tu inacabable curiosidad y tus clases de geografía e historia. Eres una fuente de sabiduría, mira que enterarme de todo esto tras tu marcha… Llevo 20 años viviendo a escasos metros de ti ajena a todo y conocerte a través del protagonismo de esta maravillosa experiencia me hacen replantearme de alguna manera la existencia, estamos rodeados de tantas personas y cosas interesantes que nos pasan desapercibidas … hay que poner más atención e intención en conocer y compartir. ¡¡Cuídate mucho, sobre todo por esas tierras que se me antojan un poco peligrosas!!. Muchos besos Marta y a seguir construyendo un mundo mejor.

    • Marta
      Responder

      Hola Cristina, al leerte evoco mi casa, mis vecinos y mi barrio donde soy tan feliz. Gracias por tus halagos y tus reflexiones. A nuestra manera nos hemos relacionado cada mañana con una sonrisa en el garaje para emnpezar el día y a veces encontrarnos al terminar el día sin fuerza ni para subir la escalera. Ahora a tanta distancia valoro mucho esas cosas cotidianas que están rodeadas de cariño y cercanía.
      No te preocupes que me cuido aun en esta parte del mundo donde la vida es tan dura y donde mis ojos quieren cerrarse para no ver tanta injusticia y miseria.
      Un abrazo fuerte y cuídate tu también.

  • Vicente el docente
    Responder

    Holas Marta!!
    Pues no, he de decir que no he estado en Estambul, y ya me vale… Pero después de leer tu súper reportaje, cómo cuentas todo y lo describes he decidido empezar a preparar el viaje para ir en cuanto pueda, así que tomo buena nota de todas tus aportaciones.
    Ya te dije en el primer comentario que qué envidia me dabas, viajar por tantos países, ¡y en moto!, y más cada vez te leo y veo las fotos que publicas.
    Efectivamente, como dices, es una AVENTURA, con mayúsculas, el tuyo no es un simple viaje, y no sería lo mismo sin sorpresas, improvisaciones, incluso momentos quizá no tan gratos (cuando el navegador te jugó las mala pasada y aparecieron esas BMWs “al rescate”, o el surrealista apartamento de Estambul), todo forma parte de la experiencia y al final la enriquece.
    Bueno, no te robo más tiempo, sigue bien, pasándolo bien y sobre todo cuídate.
    Nos “vemos” en tu siguiente publicación.

    Por cierto, para cuando acabes tu gran andadura podías plantearte contarla… en un libro, ¿no?

    Mucha suerte y a seguir disfrutando.

    Vicente.

    👋

    • Marta
      Responder

      Que bueno saber de tí Vicente y que alegría que disfrutes del viaje. Desde luego tienes que ir a Estambul pero yo esperaría a que este terminada las labores de restauración de la mezquita azul y que esté terminado el museo que están haciendo en la plaza taksim (pero creo que van a ser unos años) por las fotos que había en las vallas de fuera va a ser una pasada. En cualquier caso si vas dímelo que te daré algunas recomendaciones de zonas que sé que te van a gustar.
      Hay que evitar las zonas de turismo masivo, acercarse verlo y salir corriendo, lo bueno está en las zonas emergentes llenas de gente joven, galerias de arte moderno y tiendas de diseñadores.
      Un beso muy fuerte y seguimos conectados a través de la tecnología.

  • Enrique
    Responder

    Hola Marta y Martita, desde aquí los Niñerola os seguimos y admiramos, ufff como nos emocionamos al veros por el mundo y que gratos recuerdos nos trae a Cris y a mi, Mucha fuerza y cariño desde Mad, mil besos Cristina, Mateo y mios 😉 por cierto nos encanta vuestro canal de youtube

    • Marta
      Responder

      Queridos Niñerolas cuanto me gusta que disfruteis de nuestras aventuras y desventuras.Todo mi cariño desde Islamabad. Aquí ando montando video para Youtube para que podais seguir el hilo del viaje.
      Un beso fuerte a los tres.

  • Loreto Martínez
    Responder

    Bueno Marta, ¡que delicia de crónica! Estuve en Estambul hace 22 años y me has dado unas cuantas razones para volver, está muy cambiado y nombras sitios que desconozco, así que habrá que planear la escapada.
    Cuídate mucho, que ya entras en Asia y en paises complicados. Estaré pendiente de tus aventuras que no tienen desperdicio.
    Un beso fuerte, Loreto

    • Marta
      Responder

      Hola Lore.
      Yo había estado hace 30 años, imagínate, no reconocía nada. Se ha convertido en una ciudad complicada, las zonas turísticas masificadas, un tráfico imposible y una contaminación impresionante.
      Pero tiene un encanto innegable, un mestizaje arquitectónico, humano, cultural, gastronómico… que la hace inigualable.
      Un fuerte abrazo

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